Abdul tiene apenas 15 años. Desde que aprendió a andar, con dos años más o menos, sus pies se acostumbraron a recorrer las caóticas callejuelas de la medida de Fez. El ambiente que se respira en la medina de esta monumental ciudad del interior de Marruecos es difícil de explicar. Especias de todo tipo conviven en los miles de bazares que se agolpan en este frenético submundo marroquí. Abdul las conoce bien. La primera comida sólida que probó ya estaba manchada por alguna de ellas.

 

 

A los cinco años, Abdul comenzó a saltar de bazar en bazar mientras se escabullía entre las piernas de los miles de turistas que visitan la ciudad para ver el espectáculo visual que se vive diariamente en la medida de Fez. Aquella mañana, se detuvo unos minutos para observar las caras de delicia de una pareja de avanzada edad, parecían italianos, que comía Tajine en uno de los alborotados locales del centro de la medina.

Siguió caminando y, aunque era habitual, le llamó la atención como un grupo de chicas jóvenes intentaba regatear con los comerciantes lugareños el precio de las mochilas y pufs de cuero, recién salidos de las curtidurías.

 

 

Abdul recordó que su tío, responsable de una de las curtidurías, le había dicho que no olvidará pasarse por allí. Entró en el bazar de la esquina, el que siempre está rebosante de babuchas de colores. Subió las escaleras y se coló en la azotea. Aunque no para todo el mundo es agradable, a Abdul le encantaba el aroma que se respira en las curtidurías. Le recuerda a su ciudad; a su infancia. Las famosas factorías de pieles de la ciudad de Fez, que datan de la Edad Media, son consideradas como las más importantes del norte de África. Se trata de una maraña de pocetas en donde se curten y tintan los pellejos de dromedario, vaca, oveja y cabra.

No encontró a su tío pero no tardó en reconocer el olor a té moruno. Su tío subía detrás de él con dos vasos de cristal rebosantes de hierba buena. ¡Esos eran los auténticos tés morunos! Para Abdul, el sabor era inigualable. Caía el día y Abdul no podría regresar a casa sin unos dirhams en el bolsillo. Regresó a las calles de la medida en busca de turistas a los que guiar.

 

 

El bullicio constante de la gente que transita por la medina, se detenía en un pequeño local, con cuestionables condiciones higiénicas, en el que elaboraban yogures artesanos. Abdul se acercó a dos chicas que estaban allí sentadas. “¡Hola! Soy el Google de la Medida. ¿Os la enseño?”, preguntó. Le daba igual que le dijeran que no, el insistía e insistía hasta convertirse en el guía oficial del grupo.

Abdul llevó a las chicas por los lugares más recónditos de la medina y las condujo hasta un pequeño telar. A la salida, encontró una brillante cajita en el suelo. Se quedó extrañado al no reconocer su contenido. Por el olor, sabía que se trataba de una especia… No sabía cómo había llegado hasta allí pero Abdul había descubierto el azafrán.

 

 

Las chicas, que eran españolas, le explicaron que el azafrán se vendía en hebras y nacía de una hermosa flor púrpura. España es el segundo productor de azafrán por detrás de Irán. Le mostraron fotografías de como su pueblo en la provicia de Albacete, Lezuza, se convertía en un manto violeta los meses de septiembre y octubre. Castilla La Mancha es la región que más azafrán produce de toda España.

Abdul, agradecido y expectante, se marchó corriendo a casa, concretamente a la cocina. Quería probar las delicias de aquella nueva especia que acababa de descubrir…

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